12 abr. 2016

El delirio. © Abraham Ferreira Khalil





EL DELIRIO


                    Pompeya, visión invernal.
Tras cada víspera,
pinta el delirio mosaicos inconclusos
con maquinarias que desgarran
la potestad del Vesubio.
Y aún no ha sido abierto el himen de Pompeya;
su vértigo conserva entre doradas ánforas
mientras otra virilidad retoza:
la que tal vez fue alquimia de tu escultura,
la que tal vez asalta mis vigilias
y acaricia mi espíritu con ciclos desvelados.

Fue el delirio también
una escala de lámparas hacia los dioses,
catarata de furias en la carne,
un clímax que entre el magma se descubre.
Un espasmo que no bastó para dilucidar
si esta desgarradora no presencia
envió hacia mi lecho legiones de reptiles.
No existe en los estómagos de Pompeya
amuleto capaz de arrastrar al delirio
hacia su propia sima.
No habita en sus pulmones hálito alguno
que pueda descifrar su maldición.

El delirio es brutal resurrección,
arqueología que palpa la palabra
al retornar al humo de la escritura
¿Cuándo descenderá su estampa
para purificarse en la hoguera de mi sangre?
Después del tránsito, mis ojos se petrifican en su liberación
y delirante es cruzar el vientre de Pompeya.
De lo contrario, los pastores del sueño,
cargados de tapices y extrañas baratijas,
no harían con su sombra tráfico de deleites.

¿Y si el delirio fuese la prosa necesaria,
o el refugio mesiánico que construye la anochecida?
Yo he ascendido a las esferas
donde ejerce su despotismo.
Y sobre horrores
el delirio levantaba su monasterio
como un bautismo que flota en las mansiones de Pompeya.
Mas fue una gesta épica galopar tras sus yeguas,
pues a menudo cubre con celajes
los establos donde moran.

Ven, delirio noctámbulo;
ven y eleva hacia mis labios tu impuro cáliz.
Ven hacia mí y derrama por mi pecho
vivíficos licores.

© Abraham Ferreira Khalil